Nunca me sueltes.
No encontré a Dios cuando todo iba bien. Lo encontré en medio de mis batallas internas, cuando el silencio era ensordecedor y las lágrimas eran mi única oración. Fue allí, en lo más profundo de mi dolor, donde su amor me abrazó... y me levantó.
Era un humilde pescador del mar de Galilea. Trabajaba con mi hermano; teníamos una pequeña empresa pesquera junto a otros colegas. Mi labor era exigente, pero esencial para la economía de mi familia. Pescábamos, sobre todo, de noche, cuando el frío de las aguas hacía que los peces subieran a la superficie, facilitando su captura. Sin embargo, mi trabajo no era especialmente rentable, particularmente bajo el yugo de los opresores romanos, que imponían pesados tributos sobre casi toda actividad económica, incluyendo la pesca.
Mis esfuerzos apenas bastaban para subsistir. La presión fiscal y la inestabilidad del oficio hacían que nuestro negocio fuera poco próspero. Para colmo, atravesábamos una mala temporada: sufrí muchas pérdidas, mis redes se rompieron, y la época de tormentas apenas comenzaba. Los ingresos eran casi nulos y apenas alcanzaban para sustentar a mi familia. Pronto me atrasé en el pago de impuestos.
Los recaudadores me impusieron multas imposibles de cubrir. Traté de ponerme al día; sabía que existía la prisión por deudas. Trabajé aún más duro, con la esperanza de evitarlo. Pero mis esfuerzos no daban fruto. En un par de ocasiones, los cobradores actuaron con violencia, amenazando con confiscar mi barca y mis redes. Perderlas significaba quedar sin medios para trabajar.
No podía permitir que mi familia cayera en la miseria, así que seguí lanzando mis redes... pero cada vez volvían vacías.
Una mañana, al dirigirme al mar, un grupo de centuriones romanos me acorraló. Me golpearon hasta derribarme. Ya en el suelo, llovieron sobre mí las botas y los insultos: me patearon sin piedad, me escupieron como si mi vida no valiera nada. Y, como si no bastara, me amenazaron con matar a mi familia.
Al oír esas palabras, mi corazón latió con una fuerza desbordante. Las piernas me flaquearon y la vista se me nubló. Me levanté sin pensar en mis heridas y corrí al mar. Permanecí allí tres días: bajo un sol inclemente de día, y temblando bajo un frío que calaba hasta los huesos de noche. Pero ni un solo pez cayó en mi red.
No me quedaba más que clamar al cielo:
"Señor y Dios mío, ¡tú eres mi salvador! No me abandones, no te alejes de mí… ¡ven pronto en mi ayuda!"
Esa última noche, una tormenta terrible se desató sobre el mar. El viento aullaba con furia, las olas se alzaban como montañas enfurecidas, y el cielo se desgarraba en relámpagos que rompían la oscuridad. El frío mordía con más fuerza, y el miedo me calaba hasta el alma mientras luchaba por mantenerme a flote.
De pronto, entre el estruendo y la negrura, vi una figura acercarse caminando sobre las aguas. Creí que era un fantasma. Sentí terror. Pero no era un espectro: era Jesús.
Ese día conocí a mi Salvador.
Caminaba con paso sereno y firme, como si el mar fuera tierra sólida. Su sola presencia rompió el miedo que me paralizaba. En sus ojos vi paz... y salvación. Su voz, suave como el susurro del viento, me habló:
"No tengas miedo."
Me acerqué a Él con mis heridas y mis dudas, pero también con un anhelo profundo que ya no podía contener. Sus ojos reflejaban comprensión, y un amor tan inmenso que parecía capaz de sanar el dolor más hondo. Extendió su mano, y sin dudarlo, la tomé. En ese instante, sentí que mis cargas comenzaban a desvanecerse.
"Ven", me dijo con ternura. "Caminemos juntos."
Y juntos comenzamos a andar sobre el mar embravecido. Lo abracé con fuerza y lloré tanto, que mis lágrimas se mezclaron con el agua. Quise decirle tantas cosas, pero solo pude pronunciar:
"Nunca me sueltes."
La tormenta seguía rugiendo a nuestro alrededor, pero ya no me importaba. Con cada paso, el miedo se transformaba en confianza. El agua ya no me helaba. El viento, que antes me azotaba sin piedad, ahora susurraba palabras de esperanza.
Fue entonces cuando comprendí algo que había estado buscando sin saberlo: no estaba solo. El amor de Dios no es solo un refugio para los días tranquilos, sino una fuerza que sostiene en medio de la tormenta, que levanta cuando las fuerzas se acaban, que transforma el miedo... en valor.
Jesús me miró y dijo:
"Tu fe te ha salvado. No le temas ni las olas, ni la oscuridad, porque Yo estoy contigo."
Entonces me pidió que echara las redes una vez más, a pesar de que durante días no habían atrapado nada. Con fe renovada, obedecí. Y para mi asombro, las redes se llenaron de peces en abundancia, tanto que casi no podía contenerlos. Fue la pesca milagrosa. Una señal clara de que, con Él, las pérdidas se transforman en bendiciones.
Esa noche, el mar dejó de ser un enemigo para convertirse en testigo de mi encuentro con el Salvador. Y aunque mi cuerpo estaba exhausto, había capturado lo más valioso: la certeza de que, incluso en mi peor momento, nunca estuve solo.
Desde entonces, cada vez que regresan las tormentas, recuerdo aquella noche... y sus palabras. Entonces mi corazón se llena de paz, porque sé, con absoluta certeza, que Él camina conmigo. Siempre.
Nota del autor:
Con este texto, el autor invita a poner tu vida en manos de Jesús. Confía plenamente en Él, y Él actuará en tu favor. Solo en Él se encuentra la fuente de la vida, y solo en Su presencia podemos ver la luz.
Dios siempre salva a los suyos. Los que confían en Él no sufrirán ningún castigo. Él cuida de ellos, y no sufrirán daño alguno. Quienes son de Dios pueden enfrentar muchas dificultades, pero Él los ayuda a vencerlas. Dios siempre está cerca para salvar a quienes no tienen fuerzas, ni ánimo, ni esperanza.
Por eso, deléitate en el Señor, y Él concederá los deseos de tu corazón. Entrégale tu amor, y Él te dará aquello que más anhelas.
Salmo 23:1
“El Señor es mi pastor; nada me falta.”



Comentarios
Publicar un comentario