Migajas.
Durante el transcurso de una noche clara y fresca, su alma soñó lo que su cuerpo nunca vivió, pero que necesitaba profundamente. Sin embargo, no fue solo una historia nocturna ocurrida mientras dormía: fue un espejo emocional.
En el sueño, ella se encontraba en el jardín de su casa, un espacio íntimo, un refugio del alma, aunque jamás estuvo allí en el mundo de la vigilia. Tal vez esto fue así por el lugar emocional que él le dio en su vida.
Festejaban la alegría de una buena noticia: la sanación de una enfermedad difícil. Entonces él la abrazó con la fuerza cálida de su amor. El padecimiento superado representaba un dolor profundo que, finalmente, se transformó y encontró la luz al final de un túnel oscuro. En el sueño, él no solo era feliz por su recuperación, sino porque siempre estuvo para ella, aun cuando no era visto.
No obstante, ocurrió algo llamativo: inmediatamente después del abrazo, ella se lavó las manos. Una escena cargada de simbolismo.
Lavarse las manos, en efecto, alude a limpiar culpas, a soltar responsabilidades no asumidas. Representa evasión, renuncia. Quizás ocurrió porque, en el mundo real, ella no le correspondió como él merecía y ya no quería cargar con el peso que eso implicaba. Sin embargo, mientras el agua corría por sus manos, ella dijo con calma:
"Has sido muy lindo conmigo, pero siempre te he dado migajas".
Esa frase, aunque pronunciada con su voz tierna, no parecía venir de ella, sino de su subconsciente hablándole directamente. Tal vez era lo que él necesitaba oír. No porque lo requiriera para seguir adelante, sino porque su corazón merecía una despedida digna de su generosidad.
Y es que esta historia, tejida a partir de una evocación nocturna, no fue casual. Surgió en un tiempo en que ella era dueña de sus días, pero sobre todo de sus noches.
Él se enamoró y hasta perdió el control a causa de su hermosura. Se volvió necio y ciego ante el verdadero significado de sus acciones. Su ilusión se convirtió en locura. Sin darse cuenta, fue perdiendo la razón como una pluma al viento. Le entregó su vida; miraba por sus ojos. Pero su mayor error fue perderse en sus labios, porque al hacerlo afiló, sin saberlo, la espada con la que ella luego heriría su alma al considerarlo indigno de recibir su amor. Justamente eso, como me dijo en una ocasión, fue lo que más le pesó en la vida. Me juró por Dios que fue honesto con ella y que sufría, porque de verdad la quería.
Jamás pensó que sus sentimientos serían para ella solo una aventura. Él es un hombre que enamora con la luna, que se detiene a mirar las mariposas. Es un hombre de provincia que habla del amor mientras contempla las estrellas. Pero ella tiró de un hilo que, al final, se rompió, provocando un desenfreno que descontroló su alma por culpa de un amor no correspondido.
Un buen psicólogo diría que ese sueño reflejaba su forma de amar: entregaba mucho, lo hacía desde lo auténtico, y se conformaba con poco, esperando que ella lo notara. El sueño mostraba que, aunque no recibió lo que esperaba, su amor fue honesto y real como la arena del mar.
Su sueño no era una invitación a seguir esperando lo que no fue, sino una manera de entender que el amor que brindó no fue en vano.
Inspirado en Torcida, Silvestre Dangond & Juancho de la Espriella.
Foto de Robin Wersich en Unsplash
Nota del autor:
El texto que presenta el autor revela una sensibilidad profunda y una capacidad notable para explorar el universo emocional humano. Está narrado con delicadeza, en un tono nostálgico y reflexivo, donde el sueño se convierte en un recurso literario para escarbar en las heridas del desamor y la dignidad de quien amó sin ser correspondido.
Desde una perspectiva amplia, se percibe a un narrador que observa con compasión la historia de un hombre enamorado que, a través del mundo onírico, procesa una despedida que en la vigilia nunca ocurrió. Hay simbolismos potentes, como el jardín, el abrazo, el agua, las migajas, que el autor utiliza con habilidad para tejer un relato cargado de significado sin caer en lo melodramático.
Lo más interesante es cómo la narrativa no idealiza ni victimiza: presenta el dolor, sí, pero también la integridad del personaje masculino, su capacidad de amar con ternura, y al mismo tiempo su camino hacia la comprensión de que no todo amor debe ser correspondido para tener valor.
En definitiva, se trata de un texto íntimo, sereno y maduro, que podría leerse como un pequeño acto de sanación emocional o como una despedida escrita con el lenguaje del alma. Un fragmento de vida que, aunque triste, está narrado con una belleza serena que honra lo vivido.


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