El testimonio del discípulo amado.
"Prefiero atesorar esos recuerdos en mi corazón. Es que, si intentaras anotar cada una de las cosas que hizo, ni el mundo entero podría contener los libros que se escribirían.", eso me dijo su santa madre acerca de Él la noche en que nos reunimos a guardar luto por la muerte de mi hermano Santiago.
En aquellos momentos, mi mente fue invadida por la necesidad de escribir lo que vivimos junto a Él, por lo que pedí a cada uno de mis condiscípulos que me contaran sus vivencias a su lado. Su santa madre me reprendió, pues no consideraba prudente que hiciera eso cuando debía llorar a mi hermano. Sin embargo, el hecho de no saber cuándo volvería a verlos, o si acaso los vería de nuevo, hizo nacer en mí el deseo de anotar los relatos de los testigos mientras aún nos encontrábamos juntos.
Sabía que Mateo escribiría algo, pero él solo relataba lo que había visto y lo que Jesús le dijo directamente. Por mi parte, en cambio, presencié hechos de los cuales Mateo no tuvo conocimiento. Fui parte de su círculo más cercano. Me amaba. Y aunque en realidad nos amaba a todos, sentía la necesidad de mencionarlo más. Su santa madre me dijo que prefería conservar las vivencias junto a Él en su corazón, pero yo quise escribirlas por miedo a que lo sucedido se perdiera en la historia. Sé que mi hermano estaría de acuerdo.
Confieso que no sabía por dónde empezar. Pensé en sus antepasados, pero sabía que Mateo ya había escrito sobre ello. Tal vez en las profecías, me sugirieron, porque Él fue de quien los profetas hablaron. Pero yo quiero que se entienda que Él era mucho más de lo que se podía ver o tocar. Recuerdo una vez, cuando enseñaba en una sinagoga en Galilea, que leía el primer libro del Génesis:
“Cuando Dios comenzó a crear el cielo y la tierra, la tierra no tenía forma, ni había en ella nada que tuviera vida.”
Siempre me fascinó cómo, simplemente, Dios habló y las cosas se fueron formando. Eso me hizo pensar que, desde el comienzo de todo, cuando aún nada había sido creado, la Palabra de Dios ya existía. La Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios mismo. Él es quien encarna la Palabra de Dios. Estaba en el principio con Dios, y todo fue creado por medio de Él; nada fue creado sin Él.
Nació en el suelo frío de un pesebre en Belén, hijo adoptivo de un carpintero de la pequeña ciudad de Nazaret. Sin embargo, a pesar de su origen, sin duda es la persona más grande que jamás existió, que existe y que existirá. Era Hijo de Dios y era uno con Dios.
“El Padre y yo somos uno”, dijo alguna vez.
Lo vi hacer grandes señales y prodigios. Nadie será nunca como Él. Era un orador excepcional y un maestro sabio de la Ley de Dios. Recuerdo cada una de sus enseñanzas. Las gentes lo aclamaban y lo escuchaban con gran atención. Recuerdo el Sermón la Montaña, en el cual enseñó por medio de parabolas. Cuando habló del hijo pródigo entendí que su mensaje no era para los perfectos, sino para los que un día se alejaron y, aun así, fueron esperados con amor. Ese día sentí que yo mismo era aquel hijo que volvía a casa.
Luego de haber pronunciado esa lección, tan solo unos momentos después de nutrir con la Palabra de Dios el espíritu de quienes lo oían, presencié verlo alimentar hasta saciar a una multitud compuesta por cinco mil personas, multiplicando cinco panes y dos peces.
También fui testigo de cómo curaba a los enfermos, devolvía la vista a los ciegos, hacía andar a los inválidos y expulsaba demonios. Pero contemplé dos eventos que tuve que procesar por un tiempo: verlo caminar sobre las aguas como si fueran tierra firme, calmando al mar agitado con vientos fuertes de tormenta y olas altas, y observarlo resucitar personas en tres ocasiones: la hija del jefe de una sinagoga, el hijo de una viuda que ya llevaban en el féretro hacia el entierro y un amigo suyo en Betania que ya tenía cuatro días de fallecido. Era la personificación del poder de Dios.
Recuerdo cómo se sentaba con nosotros alrededor del fuego y, mientras comíamos pan y aceitunas, hablaba con sencillez, era mi mejor amigo. Sus palabras parecían pequeñas semillas de mostaza, pero con el tiempo crecían en nosotros como árboles frondosos. Él era el manantial del que brotaba agua viva, pues quien bebe de ella nunca más vuelve a tener sed. Era el buen pastor que cuidaba a sus ovejas. Era el camino para llegar a Dios, la verdad de todo lo que se cree y la vida, porque quien cree en Él no muere, sino que tiene vida eterna. Y la vida eterna consiste en reconocer a Dios como único y verdadero, y a Jesucristo, su enviado.
Era un ejemplo de obediencia, de santidad, de perfección. Cumplió cada mandamiento del Padre, incluso el más duro: dar su vida voluntariamente para el perdón de los pecados.
Nos dolió cuando uno de los nuestros lo entregó con un beso. Pero Él, aun en esa hora amarga, lo llamó amigo, porque entendía que aquel que lo traicionaba cumplía, a través de Él, el proposito de Dios. Sin embargo, en ese momento, cuando fue capturado brutalmente por los guardias del templo, no entendía por qué no usó su poder para desaparecerlos y conservar su libertad. Con el tiempo comprendí que todo formaba parte del plan: ser el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Pero fue doloroso verlo morir.
Mi corazón sintió el dolor más grande. Yo lo acompañé y estuve con Él hasta el último minuto, lleno de impotencia al ver fallecer a mi Señor. Pero esa tristeza se convertiría en la alegría más grande que nadie jamás me podrá quitar: verlo resucitar de entre los muertos. No lo creía cuando me lo contaron, pero cuando lo vi, ninguna duda se posó en mi corazón.
Fui testigo de excepción de cómo entró a una habitación atravesando las puertas cerradas y pronunciar:
“La paz sea con ustedes”, sentí que mi alma, que había estado rota, volvía a ser entera. Su presencia era la victoria sobre la muerte misma. Jesús venció al mundo.
Hoy se encuentra a la diestra del Padre, es uno con Dios y está siempre con nosotros mediante el Espíritu Santo. Él nos envió a anunciar lo que habíamos visto y oído, y nos prometió que no estaríamos solos, pues el Espíritu del Padre nos guiaría. Y hasta hoy sigo escribiendo, para que quienes lean estas palabras crean, y creyendo, tengan vida en su nombre.
Tadeo, uno de mis condiscípulos, contó aquella noche lluviosa en que nos reunimos por la muerte de mi hermano, que lo conoció cerca de la hora del almuerzo, mientras trabajaban en la construcción de una letrina romana. En aquel momento, Jesús le habló de su infancia en Egipto. Tadeo, que era cantero, comentó que siempre le habían maravillado las construcciones egipcias. Entonces Jesús le dijo:
“Algunas de ellas permanecerán dentro de mil años, pero nadie recordará que hubo otras”.
Y Tadeo, sin saber aún con quién hablaba, replicó:
“Ni siquiera se sabrá que tú y yo existimos”.
Algunos ni siquiera recordarán el sonido de Su voz, pero hoy, Judas Tadeo y todos los que hemos aceptado y reconocido a Jesús como el Hijo del Dios vivo, único y verdadero, sabemos que Jesús es el Rey de reyes y Señor de señores, que es Dios hecho hombre, que el cielo y la tierra pasarán, pero su Palabra nunca lo hará. En Él estaba la vida y la vida era luz para los hombres, luz que brilla en la oscuridad y que las tinieblas jamás podrán apagar.
Este es el testimonio del discípulo amado por Jesús, fue quien, inspirado por el Espiritú de Dios, escribió todas estas cosas y sabemos que lo que dice es verdad.
Nota del autor:
Es importante aclarar que el texto toma como base el libro de Juan escrito por Juan, hijo de Zebedeo y es de quien se toma el testimonio que aquí se desarrolla.
Algo que llama la atención del texto es cómo convierte un recuerdo sencillo, estar en la sinagoga escuchando la lectura del Génesis, en una experiencia trascendente. No se limita a repetir lo que oyó, sino que se conecta con una comprensión profunda: que la Palabra no es solo un sonido o un texto, sino alguien vivo, eterno, inseparable de Dios mismo.
También sorprende la naturalidad con la que pasa de la memoria personal a una reflexión teológica universal. Eso muestra que no está viendo la fe como algo lejano, sino como algo que toca directamente su vida y la de los demás.
Además, se percibe un asombro genuino, casi infantil, ante el poder creador de Dios: el hecho de que solo con hablar se formara todo lo existente. Esa fascinación le da al relato una fuerza especial, porque no es fría doctrina, sino vivencia real. Algunos puntos que se destacan del texto son:
- La voz íntima y personal: todo está narrado desde la cercanía, como si el discípulo amado abriera su corazón. Eso le da un tono confesional y muy humano.
- La mezcla de memoria y teología: no solo se cuentan recuerdos (como el fuego, el pan, la voz de Jesús), sino que se explican con profundidad espiritual. Eso lo hace doblemente fuerte: cercano y eterno al mismo tiempo.
- El contraste emocional: se siente el dolor por la muerte (tanto de Santiago como de Jesús) y luego la alegría transformadora de la Resurrección. Eso transmite autenticidad y esperanza.
- El detalle de Tadeo: me parece brillante porque aporta un recuerdo casi cotidiano, sencillo, pero cargado de profecía. Esa comparación entre lo que permanece y lo que se olvida lo hace aún más universal.
- El cierre: “Este es el testimonio del discípulo amado…” da un aire solemne, como si se cerrara un testamento espiritual. Le da fuerza y credibilidad.
En resumen, es un relato intenso, íntimo y al mismo tiempo trascendente. Es escrito con el corazón en la mano y con la convicción de la fe.


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