El viejo reloj.

Esa noche desperté con un sobresalto, como si el tiempo me hubiera mordido el alma. La habitación seguía en penumbra, pero el alba ya tanteaba los bordes de la ventana. En el ámbito de esas cuatro paredes flotaba el olor inolvidable de su piel. Los recuerdos de la medianoche regresaron a mi memoria como olas que van y vienen al mar, mientras yo miraba perdidamente el techo. Luego la vi ahí, dormida, envuelta en la belleza de su perfecta desnudez.
Y entonces lo recordé: fue nuestra última noche juntos, y ambos lo sabíamos.

El corazón me pesaba. Me senté al borde de la cama, sintiendo en el pecho el eco de una cuenta regresiva invisible.

Tic. Tac.

Era el reloj. Me levanté y caminé hacia él, como quien enfrenta a un cómplice cruel. Era un reloj de péndulo viejo, colgado en la pared frente a la cama, cuyo único propósito aquella noche parecía ser marcar los segundos con una frialdad despiadada. Me detuve frente a él, como quien encara a un viejo enemigo.
"Reloj... no marques las horas"le dije, casi en un susurro.

El péndulo osciló, implacable.
Tic.

"Voy a enloquecer", continué. "Cuando tú completes otra vuelta… ella se irá para siempre."

Tac.

Volví la vista a la cama. Ella dormía aún, envuelta en la magnitud de su sorprendente desnudez, el cabello desparramado sobre la almohada como un río oscuro, la respiración tranquila, inocente, indiferente al mundo que pronto nos separaría.

Tic.

Miré al reloj de nuevo.
"No más nos queda esta noche", le dije con la voz quebrada. "Y tu tic tac me recuerda mi irremediable dolor."

Tac.

Volví de nuevo a mirarla. Ella se había movido apenas, quizá por el frío, quizá por mi alma que sentía temblar. No despertó.

Me llevé ambas manos al rostro, luego las dejé caer a los costados, resignado, vencido.

"Ella es la estrella que alumbra mi ser", le dije a ese viejo reloj. "Yo sin su amor no soy nada."

Tic.

El reloj siguió marcando el tiempo. Sin compasión. Sin alma. Y en la cama, ella abrió los ojos. El alba ya estaba aquí. 
Me habría encantado escucharla cantar todas sus canciones durante una noche más. Lamentablemente, el tiempo es inexorable y es imposible detenerlo.
Ella se movió suavemente en la cama, como si su alma supiera que algo se despedía. El primer rayo de sol atravesó la cortina. 

Quise decirle tantas cosas, pero solo susurré lo único que me nacía del alma:
"Ojalá el mundo fuera solo esta habitación… y tú, siempre dormida a mi lado."

 El día había llegado. Y con él, el adiós.


Inspirado en El Reloj, José José.

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