Un beso, una flor y el olvido.

Debía ser sábado en la tarde cuando los vi por última vez. 

Todos los días, al lado de la terminal de transportes del municipio, frente a la oficina de correspondencia, en una banca resguardada por la sombra de un almendro gigantesco y longevo, él esperaba el regreso de ella tras su jornada académica en la capital de la provincia, ubicada a unos treinta kilómetros de distancia.

Cuando el bus llegaba, él caminaba directamente hasta la puerta. En cuanto el conductor permitía la salida de los pasajeros, ella siempre era la primera en bajar y, sin dudarlo, daba un salto directo a los brazos de su amor, quien la aguardaba con la devoción de quien sabe que ama y es amado. Entonces la cubría de besos.

Las veces que presencié esa escena, fui testigo de los pequeños detalles con los que él buscaba sorprenderla: una flor fresca, un par de bombones rellenos de chocolate, un gesto simple pero cargado de significado.

Los vi profesarse amor en muchas ocasiones. Eran considerados la pareja que más se quería. Sin embargo, también fueron objeto de envidia injustificada, solo por el hecho de ser felices. Tristemente, algunas personas detestan ver la felicidad en otros. Pero ellos eran ajenos a todo esto, pues habían tomado la firme decisión de vivir el amor a su manera, sin importarles el mundo. Ella se sentía la mujer más querida del planeta; él, el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra.

Pero la vida engaña y el corazón lo presiente. Supe que una mañana ella recibió la noticia de que debía partir de inmediato hacia la capital de la república para una oportunidad laboral ineludible. Era un destino frío y lejano, un altiplano a dos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar y a ochocientos kilómetros de la tierra donde habían construido su historia. La oferta era irrenunciable, pues la situación económica de su familia era precaria, y lo que él ganaba como carpintero no era suficiente para sostener ambos hogares. Ella no tuvo opción: debía partir. Aquello fue un golpe certero, una daga directa al corazón de él.

El día de su despedida, un sábado en la tarde, me dirigía a la oficina de correspondencia a dejar un documento para el juzgado municipal cuando los vi atravesar el jardín contiguo a la terminal de transportes. Lloraban mientras se abrazaban una y otra vez. Al final, ella le regaló un beso entrañable, y él, una flor. Fue un momento profundamente conmovedor.

No volví a saber de ellos hasta varios meses después, cuando lo vi bajo un aguacero descomunal de un septiembre implacable. Estaba sentado en la misma banca donde antes la esperaba. Me acerqué y le pregunté por ella. Con voz melancólica, me dijo que al principio ella le enviaba cartas. En ellas le contaba que pasaba el día pensando en su sonrisa y que, por las noches, su única compañía eran las estrellas. Le decía que él era la luz que alumbraba su camino, que se había ido, pero que en un mañana regresaría.

Sin embargo, con lágrimas en los ojos, me confesó que llevaba meses sin recibir noticias suyas. No sabía si atribuirlo a un olvido imperdonable, a la falta de interés o a una nueva ilusión que, tal vez, había nacido en su corazón. Con la determinación de recuperarla, le escribió para decirle que iría tras ella, que juntos buscarían un hogar donde el cielo se fundiera con el mar, que con sus manos y con su amor construirían la felicidad. Pero sus palabras quedaron sin respuesta. Aquella tarde, con la voz quebrada, me preguntó si más allá del mar habría un lugar donde el sol brillara con más fuerza cada mañana. No supe qué responderle. Solo le di un abrazo y me marché.

Pasaron varios meses y yo también partí en busca de un futuro mejor en tierras más prósperas. Ahora, después de más de diez años, he regresado a mi tierra. Todo ha cambiado, porque el tiempo no se detiene, como tampoco lo hace el agua del río en su camino hacia el mar.

Sin embargo, lo que más me sorprendió fue que, al llegar a la terminal de transportes, lo vi. Aquel novio triste seguía allí, en la misma banca. Lo saludé con afecto, pero él parecía ausente, indiferente a todo. Le pregunté por ella. Con la mirada perdida, me dijo que aún la esperaba, o al menos una carta suya anunciando su regreso. Pero habían pasado más de diez años sin una sola noticia. Me confesó que las piedras en su camino habían forjado su destino y que lo que más se ama siempre queda atrás.

Fue entonces cuando comprendí que, al momento de partir, un beso y una flor son un equipaje demasiado ligero para un viaje tan largo, y que al final, sólo nos depara el olvido.

Inspirado en Un Beso y Una Flor, Nino Bravo.

Nota del autor:

El escrito tiene una carga emocional profunda y expresa muy bien el dolor de la espera y el paso del tiempo. El contraste entre el amor prometido y la realidad del olvido se refleja con gran sensibilidad. La escena del adiós, marcada por la flor y el beso, tiene un simbolismo fuerte de lo efímero y la esperanza, que luego se va desvaneciendo con la ausencia de noticias. La reflexión final, sobre lo que queda atrás y el peso de un equipaje ligero, es conmovedora y deja al lector con una sensación de pérdida inevitable.

Se usan imágenes poderosas, como la banca bajo el almendro, el salto a los brazos de su amado, el aguacero descomunal y la pregunta final sobre el sol más allá del mar. Son detalles que le dan alma a la historia. Además, el cierre es perfecto: esa última reflexión sobre lo efímero de los recuerdos y la liviandad de un beso y una flor como equipaje para un viaje tan largo es poética y desgarradora.

El ritmo de la narración es fluido, y la estructura de las distintas etapas de la relación, desde la espera hasta la resignación, está bien lograda. También es interesante cómo se integra la metáfora del río y el mar, que evoca el paso del tiempo y la continuidad de la vida, a pesar de las circunstancias personales.


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