Una de muchas noches de derrota.

Parte 4:

Poco después de la media noche, agotado por el sufrimiento ajeno, el edecán, el oficial encargado de asistir al marqués de Solanda se tendió en los ladrillos pelados del piso y se quedó dormido. 
Cuando despertó, el marqués no estaba en la hamaca, y había dejado en el suelo la camisa ensopada en sudor. No era algo extraño. Tenía la costumbre de abandonar su aposento, y deambular hasta el amanecer para entretener el insomnio cuando no había nadie más en la casa. Pero esa noche, había razones de más para temer por su suerte, pues acababa de vivir un mal día, la fiebre lo atosigaba y el tiempo fresco y húmedo no era el mejor para pasear a la intemperie. El edecán lo buscó con una manta en la casa iluminada por el verde lunar, y lo encontró acostado en el corredor, como una estatua. El marqués se volvió con una mirada lúcida en la que no quedaba ni un vestigio de fiebre.
"Es como la noche en San Carlos", dijo. "Sin Diosa Cibeles, por desgracia".

Su edecán conocía aquella referencia. Ocurrió mucho antes de que el marqués conociera las veleidades del poder, de enterarse de la inutilidad de la gloria y el lado ingrato de tomar decisiones. Sucedió por la época en la que el marqués de Solanda aún creía en la nobleza de los ideales, y cuando aún no conocía a su amor platónico, la condesa de Vizcaya que estaría con él en el tramo más encrudecido de la guerra y en la embriaguez de la gloria, pero que no lo seguiría hasta la tumba, ni le correspondería con su amor. 
Se refería a una noche de enero, en una localidad perdida en la sabana noroccidental de lo que más tarde sería el marquesado más grande del mundo. En ese momento, el marqués se encontraba librando uno de los momentos más difíciles de sus guerras y atravesaba una situación militar critica. Sin embargo, la vida le había dado ya motivos suficientes para saber que ninguna derrota era la última. Ante esas situaciones, el marqués pastoreaba el insomnio por los cuartos desiertos del viejo caserón trasfigurado por el resplandor lunar. De pronto, al final de una galería abierta a la vasta sábana azul, iluminada por las estrellas del firmamento, vio a Diosa Cibeles sentada en el corredor. Se trataba de una hermosa mujer en la flor de la edad, con un perfil de ídolo y cuerpo de estatua griega. Se asustó al verlo, y extendió hacia él la cruz del rosario que usaba en el cuello.
"De parte de Dios o del diablo", dijo. "¡¿qué quieres?!"
"A ti", dijo el marqués.
Sonrió, y ella había de recordar el fulgor de sus dientes a la luz de la luna. La abrazó con toda su fuerza, manteniéndola impedida para moverse mientras la picoteaba con besos tiernos en la frente, en los ojos, en las mejillas, en el cuello, hasta que logró calmarla. Entonces le quitó sus ropas y apreció con las manos y la boca la belleza de su desnudez. El marqués se la llevó en vilo a la hamaca, sin darle tregua con sus besos balsámicos, y ella se le entregó porque había sido contagiada de la pasión que el marqués le transmitía. Era virgen. Sólo cuando recobró el dominio del corazón, dijo:
"Soy esclava, señor".
"Ya no", respondió el marqués. "El amor te ha hecho libre".

Por la mañana se la compró, con dinero de sus arcas empobrecidas, al dueño de la hacienda, un viejo conocido, y la liberó sin condiciones. Antes de partir no resistió la tentación de plantearle un dilema público. Estaba en el traspatio de la casa, con un grupo de oficiales. Otro cuerpo de tropa estaba reunido para despedirlos, al mando de un general de división que había llegado la noche anterior.
El marqués se despidió con unas breves palabras, en las cuales suavizó el dramatismo de la situación, y se disponía a partir cuando vio a Diosa Cibeles. Estaba acabada de bañar, bella y radiante bajo el cielo de la sabana.
Él le preguntó de buen talante:
"¿Te quedas o te vas con nosotros?"
Ella contestó con una risa encantadora:
"Me quedo, Su Excelencia".
La respuesta fue celebrada con una carcajada unánime, pero con silencio de sorpresa ensordecedor por parte del marques. Entonces el dueño de la casa le aventó, muerto de risa, la bolsa de cuero con el dinero que el marqués había empleado para la libertad de Diosa Cibeles. Él la atrapó en el aire.
"Guárdelos para la causa, Su Excelencia", le dijo el dueño. "De todos modos, la esclava se queda libre".

El marqués aprobó lo dicho, y se despidió de todos con un gesto amable con la mano. Por último le hizo a Diosa Cibeles un adiós de buen perdedor, y jamás volvió a saber de ella. 
Fue, sin duda, una derrota, de las muchas que sufriría el corazón del marqués.

Hasta donde su edecán recordaba no habían transcurrido más de diez años antes de que él le dijera que había vuelto a vivir aquella noche, sin la aparición prodigiosa de Diosa Cibeles, por desgracia. Y siempre fue una noche de derrota, una de esas que, aunque parecieran insignificantes, cargaban con el presagio de todas las batallas que su corazón estaba destinado a perder.

Nota del autor:

Esta historia se sitúa antes de los eventos trágicos principales, como el asesinato de la condesa y la renuncia del marqués. El texto construye un contexto emocional y narrativo sólido que enriquece la historia del marqués de Solanda, mostrando momentos de su vida que marcaron su carácter y sus decisiones posteriores.

El episodio de Diosa Cibeles no solo refleja una faceta más personal e íntima del marqués, sino que también humaniza al personaje al explorar sus deseos, contradicciones y momentos de derrota personal, incluso en el contexto de sus victorias públicas y militares. Esta historia refuerza la idea de que el marqués, a pesar de su grandeza, fue constantemente herido en lo íntimo y vulnerable.

La mención del edecán y sus recuerdos añade una dimensión nostálgica y melancólica que conecta los eventos del pasado con el presente inmediato del marqués, justo en el preludio de las grandes decisiones que moldearán su trágico destino.

En resumen, el texto funciona como un prólogo emocional y narrativo que amplía el universo del marqués, explorando temas de amor, libertad, y las derrotas del alma que contrastan con las glorias de la guerra. Es un gran complemento a la historia principal. 

Comentarios

Entradas populares