La cafetería.

Admiré por la ventana de la cafetería el romance decembrino de Venus y la luna, observando además, cómo las luces de la calle titilaban al ritmo de las conversaciones que se entrelazaban dentro del lugar. Estabas allí, sentada al fondo, jugando con la servilleta entre tus dedos, como si ese trozo de papel pudiera sostener todos tus pensamientos dispersos. Parecías buscar algo, pero no supe si era en el café o dentro de ti misma.

Me pregunté cuántas veces habías mirado el reloj, temiendo que el tiempo se desvaneciera sin encontrar aquello que te hacía falta. Tal vez no era tiempo lo que te faltaba; tal vez era la certeza de que no todo debe ser buscado con tanta urgencia. A veces, las cosas más valiosas aparecen cuando dejamos de buscarlas.

Quise acercarme y decirte que no te preocupes, que aún tienes tiempo, que no hay prisa por llenar cada vacío. Que la vida, como el café que se enfría entre tus manos, sabe mejor cuando la dejamos reposar. Pero permanecí en mi sitio, observando, como un espectador que no quiere interrumpir la obra que se desarrolla frente a sus ojos.

En tu rostro había una mezcla de melancolía y determinación, como si lucharas contra algo que no querías aceptar. Me pregunté si eras consciente de que la sonrisa que intentabas ocultar podía abrir puertas a lugares que aún no conocías. Lugares donde no importa cuánto juegues o cuántas máscaras uses, porque siempre hay alguien dispuesto a encontrarte tal como eres.

Cuando finalmente te levantaste para irte, dejaste atrás más que una silla vacía; dejaste una impresión de que el mundo a veces se consume en expectativas y promesas que no necesitamos. Y mientras te perdías entre las luces de la calle, pensé que quizás, en algún rincón de la noche, te darías cuenta de que el amor no siempre se encuentra buscándolo. A veces, simplemente llega, sin avisar, cuando dejamos de buscar.

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