El capitán.
En las primeras horas de la tarde, llegó, en la misma recua que había traído el correo de ese día, mi gran amigo, el capitán, retrasado en Bogotá por un imprevisto. Traía consigo una carta dirigida a mi persona que expresaba un lamento sincero por no haber podido asistir a la despedida en mi último día en la capital. Era de un hermano de vida al que nunca más volvería a ver.
Esa misma madrugada, cuando todos dormían, el campamento entero se estremeció con una melodía tan pura que solo podía nacer del alma. Me sacudí de la hamaca, desconcertado. "Es el capitán", murmuró un compañero. Apenas había terminado de decirlo cuando una voz autoritaria interrumpió el canto y lo mandó a callar.
El capitán era hijo mayor de un general mexicano que participó en la guerra de independencia y que, por poco tiempo, se proclamó emperador de su país. Un imperio que nunca alcanzó a concretar. Yo lo tenía en muy alta estima desde el primer momento en que lo vi, parado en firme, tembloroso, sin poder controlar el estremecimiento de sus manos al encontrarse frente a frente con el hombre que fue su ídolo de infancia. Tenía veintidós años, pero aún no cumplía los diecisiete cuando su padre fue fusilado en un pueblo polvoriento de la provincia mexicana, pocas horas después de regresar del exilio, sin saber que había sido juzgado en ausencia y condenado a muerte por alta traición.
Después de su tragedia familiar, el capitán quiso venir a Colombia para vivir la guerra de verdad como distracción al dolor que le desgarraba el alma, pero fue en vano porque solo cantar aliviaba el ardor que le consumía por dentro. Recuerdo que el gobierno mexicano puso toda clase de obstáculos a su ingreso en el ejercito colombiano, convencido de que su preparación en las artes de la guerra formaba parte de una conjura monárquica para coronarlo emperador de México con el derecho pretendido de príncipe heredero. Asumí por ese entonces el gran riesgo de un incidente diplomático grave, no sólo por admitir al joven capitán con sus títulos militares, sino por hacerlo mi amigo personal sin la menor malicia.
Desde que lo conocí, tres cosas me conmovieron profundamente. Primero, el reloj de oro con piedras preciosas que colgaba de su cuello, un regalo de su padre antes de ser fusilado, que él usaba con una dignidad inquebrantable. Segundo, la ingenuidad con la que contó cómo su padre, vestido de pobre para evitar ser reconocido por la guardia del puerto, fue delatado por la elegancia con que montaba a caballo. Y tercero, su manera de cantar. En aquellos primeros días, el capitán se ganó mi respeto, aunque no tuvo ni un día feliz. Solo su costumbre de cantar le permitió sobrellevar la incertidumbre.
Por eso, cuando alguien lo hizo callar en la selva del Magdalena, me levanté de la hamaca y atravesé el campamento iluminado por las fogatas. Lo encontré en la ribera, mirando el río que pasaba lento, casi como la vida misma.
"Siga cantando, capitán", le dije, mientras el sonido de las aguas golpeaba suavemente la orilla.
"Gracias, mi amigo", respondió el capitán, y siguió cantando:
"Dejaré mi tierra por ti
dejaré mis campos y me iré
lejos de aquí."
Me senté junto a él. Cuando la letra ya me era familiar, me uní a su canto, con mi voz apenas audible. Jamás había escuchado a alguien cantar con tanto amor, ni había conocido a alguien cuya tristeza, tan profunda, supiera envolver a los demás en una felicidad inexplicable.
Cantamos juntos hasta que el despertar de la selva, en un estrépito que hizo huir a los caimanes, irrumpió en la quietud. Las aguas se agitaron como un cataclismo. Permanecí allí, sentado en el suelo, aturdido por la furia natural, hasta que una franja anaranjada en el horizonte nos trajo la luz. Me apoyé en su hombro para levantarme.
"Gracias, capitán", le dije con una sonrisa melancólica. "Con diez hombres cantando como usted, salvaríamos el mundo."
"Ay, mi amigo", suspiró el capitán, con una mirada cargada de nostalgia. "Qué no daría yo por escucharme cantar, así, ante mi madre y que también mi padre me oyera"
Por aquellos días, en mi condición de superior jerárquico y de amigo, decidí el destino del capitán. A finales de octubre, recibió una carta de su madre, que le contaba cómo el avance de las fuerzas liberales en México alejaba cada vez más la esperanza de su repatriación. La incertidumbre se reflejaba en sus ojos, y me conmovió profundamente.
"No se quede aquí", le dije en tono tranquilo. "Váyase a México. Vaya mientras sea joven, porque un día será demasiado tarde. Entonces no será ni de aquí ni de allá. Se sentirá extranjero en todas partes, y eso es peor que la muerte misma." Lo miré directo a los ojos, con mis propios sentimientos invadiendo mi pecho. Me apoyé la mano en el corazón y concluí:
"Dígamelo a mí."
Así que el capitán partió a principios de diciembre, cantando al cielo como solo el maestro español Nino Bravo podía hacerlo, con los ojos llenos de lágrimas, pero sin que su voz se viera perturbada por la nostalgia:
"Me voy pero te juro que mañana volveré
al partir un beso y una flor
un 'te quiero', una caricia y adiós
es ligero equipaje
para tan largo viaje
las penas pesan en el corazón
Más allá del mar habrá un lugar
donde el sol cada mañana brille más
forjarán mi destino
las pierdas del camino
lo que nos es querido siempre queda atrás"
El capitán regresó a Bogotá sin rumbo fijo hasta abril del año siguiente. Su madre, con una tenacidad que solo los grandes corazones conocen, logró que lo nombraran secretario de la legación mexicana en Washington. Pasó el resto de su vida en el olvido del servicio público.
Nunca volví a saber de él ni de su familia.
Inspirado en El general en su laberinto, Gabriel García Márquez.
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