Dime que nunca es tarde para morir de amor.
No me di cuenta de que estaba cayendo al océano hasta que el aire comenzó a escaparse de mis pulmones. La gravedad me empujaba hacia el fondo, mientras el horizonte se desdibujaba, desvaneciéndose como una ilusión que no podría retener. Supe entonces que no volvería a ver el azul diáfano del cielo decembrino.
El agua que me envolvía se tornaba más oscura con cada instante, pero el miedo no me alcanzó. Cerré los ojos, dejándome arrastrar por el momento, aceptando mi destino. Sin embargo, algo indescriptible y abrumador me atravesó, obligándome a abrirlos de golpe.
Lo que vi me dejó sin aliento: no era agua lo que me rodeaba, sino un sinfín de rostros, tal vez miles. Todos mirándome. Intenté recordar en qué momento me hice uno con ellos, en qué instante me sumergí en este lugar extraño. Pero mi memoria no respondió. Solo supe que ya era parte de ellos, aunque nunca entendí cómo había llegado ahí. Lo que más recuerdo es que me costaba respirar.
Fue justo entonces cuando la vi. Tan hermosa como solo ella podía serlo, con sus ojos que me hacían sentir notado, con una sonrisa que iluminó la oscuridad que me envolvía, desterrando la soledad de mi corazón. Mi ansiedad desapareció entonces. Su voz, suave y melódica, cantó en voz baja las palabras de una canción: "Dime que nunca es tarde para morir de amor".
En ese instante, me sentí el ser más amado del mundo, como si todo lo que había anhelado estuviera contenido en su mirada. Pero aquel fue un sueño, tan real y tan perfecto como efímero, y se desmoronó cuando una alarma inoportuna me arrancó de su abrazo.
Por la noche, tras una jornada maratónica por las calles de Villa de Leyva, deambulaba por la habitación del hotel, cuya puerta dejé abierta por descuido. Entonces la vi: una mujer con una sonrisa preciosa que se volvió a mirarme al pasar. Llamó altamente mi atención el hecho que no se sorprendiera de la desnudez con la que suelo dormir. Oí las palabras de la canción que murmuraba: "Dime que nunca es tarde para morir de amor", y mi corazón se aceleró como nunca antes.
Salí a buscarla, pero no estaba. Bajé corriendo a la recepción del hotel, donde encontré a los celadores.
—¿Hay alguna mujer aquí? —les pregunté.
—No hay ninguna mujer hospedada esta noche, y las empleadas encargadas del aseo se marcharon a las cinco de la tarde —respondió uno de ellos.
Tan seguro estaba de haberla visto, que la busqué por todo el hotel hasta muy tarde. Insistí a los celadores a que lo averiguaran, pero al día siguiente la respuesta fue la misma: no había nadie. Nunca volví a hablar de aquel episodio.
Hoy, mientras siento cómo las arenas del tiempo se escurren entre mis manos, repaso cada capítulo de mi vida. Ni siquiera el detalle más insignificante ha quedado en la sombra. Lo único que nunca he podido esclarecer es si aquella visión en Villa de Leyva fue un sueño, un delirio o una aparición.
Sin embargo, en esta noche, cuando el reloj marca las tres de la madrugada, vuelvo a revivir ese momento. Me encontraba dormido, hasta que un aroma evocador, dulce y afrutado, llenó el aire. Una voz, la más hermosa del mundo, susurró a mi oído: "Dime que nunca es tarde para morir de amor". Abrí los ojos con urgencia, pero no había nadie. Solo quedó el rastro inolvidable de un perfume que me transportó nuevamente a aquel instante.



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