De las veleidades del poder y el amor.

Parte 1:

Pocos días después de regresar de Madrid, donde fue feliz como nunca lo había sido ni volvería a serlo jamás con la embriaguez de la gloria, al final de un amargo consejo de gobierno, el marqués de Solanda tomó del brazo a la condesa de Vizcaya. 
"Usted se queda conmigo", le dijo. La dirigió al despacho privado, donde el marqués sólo hacía pasar a muy pocos elegidos, y casi la obligó a sentarse en su sillón personal, desde donde se tomaban decisiones trascendentales para la nación.
"Ese lugar es ya más suyo que mío", dijo el marqués.

El marqués de Solanda era el soberano de un vasto marquesado que había gobernado de forma ininterrumpida por once años. Independizó varios territorios, los consolidó en una sola nación y promovió la unidad del continente. Sin embargo, ejercer el poder conlleva decisiones difíciles, confrontaciones constantes y las sintió en carne propia por el desprecio y traición de las personas que antes se habían beneficiado de sus acciones. 
Sabía que la ingratitud era una constante en la política, pero estaba cansado y decidió que era el momento de ceder el poder. Gobernó con determinación, forjó alianzas y conquistó todas las extensiones de terreno que le eran conocidas. No obstante, el mismo tiempo le pedía hacerse a un lado.

El marqués no podía imaginarse a nadie mejor calificada que la condesa de Vizcaya. Era inteligente, ordenada, tímida, tenía dulzura en su personalidad y una amabilidad carismática en su semblante. Dirigió exitosamente varios enfrentamientos, y había comandado la gloriosa batalla que liquidó el último reducto enemigo en el continente. Pero más que por estos méritos, estaba señalada por su buen corazón en la victoria y por su talento de estadista.
De modo que cuando la hizo sentar en su sillón personal le hacía la propuesta en un gesto solemne, casi como un poeta se arrodilla para ofrecer su amor.
"Acepte usted", dijo el marqués. "y yo me quedaré dando vueltas alrededor del gobierno como un toro alrededor de un rebaño de vacas"

El aspecto del marqués era desfallecido, pero su determinación era convincente. Sin embargo, la condesa sabía desde hacía mucho tiempo que nunca sería suyo el sillón en que estaba sentada. Muchos años de guerras le habían enseñado que no había victoria mayor que la de estar viva. El condado sureño vasto e ignoto que había fundado y gobernado con mano sabía  por orden del marqués le enseñó las veleidades del poder. La inteligencia de su corazón le había enseñado la inutilidad de la gloria. 
"De modo que no, mi Señor", concluyó la condesa. 
No superaba los veinticinco años, tenía una salud de piedra, y estaba loca de amor por el vizconde de Gran Bilbao, un apuesto picaflor, con quien se había casado, a escondidas del marqués y por poder dos años antes, y con quien tenía un hijo de seis meses. El día de navidad había de estar en Vizcaya con su esposo y su hijo para celebrar con ellos no solo aquella festividad, sino todas las que le deparara el porvenir. Pues su determinación de vivir para ellos, y solo por ellos en los goces del amor, estaba tomada desde el diciembre pasado.
"Es todo cuanto le pido a la vida", le dijo.

El rechazo cayó como una daga en el corazón del marqués. No entendía por qué la condesa rechazaba algo tan grandioso y que provenía de sus afectos. El poder, aquel objeto de deseo para tantos, se convertía en un amor no correspondido, en una ofrenda que no encontraba refugio en las manos de la elegida.
El marqués estaba atónito. "Yo pensaba que ya no podía sorprenderme nada", le dijo. Y la miró a los ojos:
"¿Es su última palabra?"
"Es la penúltima", dijo la condesa. "La última es mi gratitud eterna por sus bondades, mi Señor".
El marqués se dio una palmada en el muslo para despertarse a sí mismo de un sueño irredimible.
"Bueno", dijo. "Usted acaba de tomar por mi la decisión final de mi vida".

El marqués regresó a su palacio con el alma destrozada. El poder, que había soñado dejar en manos de la condesa, a quien consideraba alguien digna, se quedaba vacío por el momento. Reflexionó sobre las veleidades del poder, sobre cómo este era como un amor que muchos deseaban pero que, al final, pocos entendían realmente.

La condesa regresó a su vida y partió a Vizcaya con la convicción que había tomado la decisión correcta. Y aunque el poder la seguiría llamando en los murmullos del viento, ella siempre recordaría por qué lo rechazó: porque algunos amores, por más sublimes que parezcan, están destinados a no ser.

Por otra parte, el marqués nunca pudo recuperarse del dolor causado por el rechazo. No podía comprenderlo. Esa mujer, tan fuerte, tan capaz, tan llena de cualidades que él había admirado y deseado… le estaba rechazando, no solo como líder, sino como hombre. El poder que le había ofrecido no era solo un cargo, sino una oferta de amor no correspondido. 
El marqués saboreo el amargo de la derrota cuando la condesa rechazó su propuesta con una calma casi imperturbable: 
"He tenido mi parte de gloria, pero mi vida no está en el poder. Está en otro lugar".

Nota del autor:

Hay varias subtramas entretejidas en esta narrativa, lo que le da profundidad y matices interesantes:
  1. El desamor oculto del marqués:
    Aunque la escena principal gira en torno a la transferencia de poder, subyace un amor no correspondido del marqués hacia la condesa. Su oferta no es solo política, sino también profundamente personal. La elección de palabras y los gestos del marqués sugieren un afecto más allá de la admiración profesional, pero la condesa lo rechaza con determinación.

  2. La independencia de la condesa:
    La condesa de Vizcaya no es solo un personaje secundario que responde a las decisiones del marqués. Su rechazo simboliza una declaración de independencia y un entendimiento más profundo del poder y sus efectos. El contraste entre su juventud (menos de 25 años) y su sabiduría en las decisiones de vida refleja su madurez y su capacidad de priorizar lo personal por encima de lo político.

  3. El conflicto entre el amor y el deber:
    El marqués y la condesa representan dos caras de esta dicotomía. Para el marqués, el deber y el poder son sinónimos de amor; para la condesa, el amor verdadero es incompatible con el sacrificio que exige el poder. Este contraste crea una tensión emocional que enriquece la historia.

  4. La traición inadvertida:
    El matrimonio secreto de la condesa con el vizconde de Gran Bilbao añade un matiz de traición sutil. Aunque no parece haber una intención de herir al marqués, el hecho de que esta unión haya ocurrido en secreto y fuera del conocimiento de su mentor crea un eco de deslealtad percibida, intensificando el dolor del marqués.

  5. La inutilidad de la gloria:
    Tanto el marqués como la condesa llegan a la conclusión de que la gloria y el poder tienen límites. Para él, el poder se vuelve un peso vacío cuando no encuentra un sucesor adecuado. Para ella, la gloria no vale más que su familia y su libertad emocional. Este tema une sus destinos y da un aire trágico a la narrativa.

  6. El paralelismo entre el poder y el amor:
    La historia dibuja un paralelismo claro entre el poder y el amor como dos fuerzas deseadas pero igualmente efímeras. El rechazo del poder por parte de la condesa refleja su rechazo al amor no correspondido del marqués, convirtiendo la trama política en una metáfora de las relaciones humanas.


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